La opción por la humanidad

Parece que los cardenales han ido a buscar al nuevo pontífice al fin del mundo”. Con estas palabras, el Cardenal Jorge Mario Bergoglio se dio a conocer ante el mundo en el balcón de la Basílica de San Pedro, el 13 de marzo de 2013. Bajo el nombre de Francisco, se convirtió en el primer Papa jesuita, americano y del Sur.

Su elección fue, en sí mismo, un símbolo de la necesidad de renovación que observaban muchos sectores de la Iglesia Católica. Porque así como los cristianos fueron ferozmente perseguidos hasta la reforma de Constantino, es innegable que la Iglesia Católica también cometió atrocidades en su larga historia. Tan solo para refrescar nuestra memoria pensemos en la persecución a científicos como Galileo Galilei, por quien recién el Papa Juan Pablo II pidiera disculpas; la vía del Vaticano para facilitar el escape de criminales de guerra nazis a otras partes del mundo; en nuestro país, la complicidad con la última dictadura cívico-militar, con sacerdotes como Christian Von Wernich, hoy condenado por la Justicia argentina al ser hallado culpable de los delitos de privación ilegal de la libertad, tortura y homicidios; abusos a menores en distintas partes del mundo; y los escándalos de corrupción difundidos por los “Vatileaks”.

En lo que concierne al plano local, a pocos días de su elección, con la primera visita de la Presidenta Cristina Fernández de Kirchner, la corporación mediática comenzó a replantearse el rol que le iban a asignar a Francisco. La visita de Cristina a Roma, antes de pronunciar su discurso contra los fondos buitre en las Naciones Unidas, tuvo una trascendencia fundamental que no se quiso reconocer. Luego de la euforia inicial y observando estos acontecimientos, la prensa Argentina predominante tuvo que desechar las especulaciones que veían a Francisco como un articulador central de la oposición, y comenzó a minimizar sus mensajes de tal modo que pasaron a destacar solamente sus “notas de color”, hasta que mostraron la hilacha con el lamentable episodio de la “carta abierta” de Alfredo Leuco al Papa, exigiéndole que no reciba a Cristina; la respuesta de Francisco desactivó lo que se avizoraba como una escalada contra su figura.

Retorno a la doctrina social

Una publicación plagada de definiciones nos puede hacer entender el verdadero mensaje de Francisco y su auténtica vinculación con los presidentes de América del Sur en estos tiempos de cambios, reflejados en su rol para iniciar conversaciones que pongan fin al bloqueo que sufre Cuba, su participación en la Jornada Mundial de la Juventud en Brasil en 2013 y sus próximas visitas previstas para este año a Paraguay, Bolivia y Ecuador.

En noviembre de 2013, a meses de iniciar su pontificado, publicó la exhortación apostólica “Evangelii gaudium”, una obra destinada a los obispos, presbíteros y diáconos, personas consagradas y fieles laicos, sobre el anuncio del Evangelio en el mundo actual.

Fragmentos de este mensaje fueron leídos y publicados por la Presidenta, a raíz del homenaje realizado al Padre Carlos Mugica cuando se cumplieron 40 años de su asesinato. En este trabajo, Francisco se expresa sobre la necesidad de una transformación misionera de la Iglesia, la crisis del compromiso comunitario, el anuncio del Evangelio, la dimensión social y el espíritu de la evangelización. Allí comparte opiniones sobre economía, política y los medios de comunicación.

Como ya asumía Benedicto XVI, el Papa Francisco ratifica que “si bien el orden justo de la sociedad y del Estado es una tarea principal de la política, la Iglesia no puede ni debe quedarse al margen en la lucha por la justicia”, asumiendo que “ni el Papa ni la Iglesia tienen el monopolio en la interpretación de la realidad social o en la propuesta de soluciones para los problemas contemporáneos”. En este sentido, “la política, tan denigrada, es una altísima vocación, es una de las formas más preciosas de caridad, porque busca el bien común (…). Cada vez se vuelve más difícil encontrar soluciones locales para las enormes contradicciones globales, por lo cual la política local se satura de problemas a resolver”.

En lo que denomina “algunos desafíos del mundo actual”, Francisco condena la economía de exclusión: “algunos todavía defienden las teorías del derrame, que suponen que todo crecimiento económico, favorecido por la libertad de mercado, logra provocar por sí mismo mayor equidad e inclusión social en el mundo (…). La crisis financiera que atravesamos nos hace olvidar que en su origen hay una profunda crisis antropológica: ¡La negación de la primacía del ser humano! Mientras las ganancias de unos pocos crecen exponencialmente, las de la mayoría se quedan cada vez más lejos del bienestar de esa minoría feliz”.

Aquí, claro está, no habla Cristina, habla Francisco. Continúa: “Ya no podemos confiar en las fuerzas ciegas y en la mano invisible del mercado. El crecimiento en equidad exige algo más que el crecimiento económico, aunque lo supone, requiere decisiones, programas, mecanismos y procesos específicamente orientados a una mejor distribución del ingreso, a una creación de fuentes de trabajo, a una promoción integral de los pobres que supere el mero asistencialismo. Estoy lejos de proponer un populismo irresponsable, pero la economía ya no puede recurrir a remedios que son un nuevo veneno como cuando se pretende aumentar la rentabilidad reduciendo el mercado laboral y creando así nuevos excluidos”.

El llamado concreto es a vencer la economía de la exclusión, de una especulación financiera que este mundo ya no soporta, con el uno por ciento de sus habitantes ostentando tanta riqueza como el 99 por ciento restante. Dice Francisco que “se considera al ser humano como un bien de consumo, que se puede usar y luego tirar”. Esto es consecuencia de la timba capitalista y agrega: “no a la nueva idolatría del dinero”.

Todo este mensaje, considera el Papa, tiene como dificultad a los medios de comunicación. Al respecto, plantea que “en el mundo de hoy, con la velocidad de las comunicaciones y la selección interesada de contenidos que realizan los medios, el mensaje que anunciamos corre más que nunca el riesgo de aparecer mutilado y reducido a algunos aspectos secundarios”. Al igual que nosotros, Francisco identifica claramente por qué los grupos mediáticos/financieros son los detractores de este alegato a favor de la igualdad: “molesta que se hable de ética, molesta que se hable de solidaridad mundial, molesta que se hable de distribución de los bienes, molesta que se hable de preservar las fuentes de trabajo, molesta que se hable de dignidad de los débiles, molesta que se hable de un Dios que exige un compromiso por la justicia”.

Francisco menciona situaciones que han sido ya advertidas por pensadores, filósofos y políticos de distintas partes del mundo. La novedad es que este mensaje surge hoy de la máxima autoridad de la Iglesia Católica. Claras definiciones de un hombre que conoce profundamente las consecuencias de un sistema económico que ha colapsado, que vivió la crisis del neoliberalismo en la Argentina de 2001 y que propone a la Iglesia y al mundo entero reencontrarse en un camino humanista.

Violencia social y neo-liberalismo

Dentro del análisis sobre los problemas contemporáneos del mundo, el Papa señala la inequidad como productora de la violencia. Plantea que “hoy en muchas partes se reclama mayor seguridad, pero hasta que no se revierta la exclusión y la inequidad dentro de una sociedad y entre los distintos pueblos será imposible erradicar la violencia”. Sobre las respuestas a esta inequidad sostiene que “las armas y la represión violenta, más que aportar soluciones, crean nuevos y peores conflictos”. De esta forma, Francisco asume una posición compartida por muchos y combatida por otros referida a que más policía, más armas, más patrulleros y más cámaras de vigilancia no son sinónimo de más seguridad y mucho menos aportan a reducir la violencia.

Continúa Francisco con una serie de preguntas sobre las culturas dominantes: “una cultura en la que cada uno quiere ser el portador de una propia verdad subjetiva vuelve difícil que los ciudadanos deseen integrar un proyecto común más allá de los beneficios y deseos personales”. Este es un ataque feroz a la cultura del individualismo. El Papa considera que si cada individuo se considera portador de su propia verdad en el mundo, no hay posibilidades de que exista un proyecto colectivo, ya que “nadie se salva solo, esto es, ni como individuo aislado ni por sus propias fuerzas”. Luchar por un mundo más justo, derrotar la pobreza y realizar una profunda transformación humana exige para Francisco asumirse en comunidad.

El Papa habla de la solidaridad desde un lugar que puede hacerle ruido incluso a muchas instituciones católicas que se enorgullecen de ser portadoras de una solidaridad divina. Dice: “La palabra solidaridad está un poco desgastada y a veces se la interpreta mal, pero es mucho más que algunos actos esporádicos de generosidad. Supone crear una nueva mentalidad que piense en términos de comunidad, de prioridad de la vida de todos sobre la apropiación de los bienes por parte de algunos”. En este sentido, debemos pensar la solidaridad como forma de vida que sólo rige en función de lo social. Agrega que “la solidaridad es una reacción espontánea de quien reconoce la función social de la propiedad y el destino universal de los bienes como realidades anteriores a la propiedad privada. La posesión privada de los bienes se justifica para cuidarlos y acrecentarlos de manera que sirvan mejor al bien común”. Aquí Francisco menciona algo que en algún momento existió en la Constitución de la Nación Argentina: el rol social de la propiedad. Decía el artículo 38 de la Constitución de 1949 establecida durante el gobierno de Perón y derogada por el golpe de Estado de 1955: “La propiedad privada tiene una función social y, en consecuencia, estará sometida a las obligaciones que establezca la ley con fines de bien común”.

Francisco retoma a Pablo VI, cuyo papado promovió el acercamiento de la Iglesia a los pueblos tercermundistas, para referirse a la necesidad de crecer en una solidaridad que “debe permitir a todos los pueblos llegar a ser por sí mismos artífices de su destino”. Este concepto de solidaridad está enfrentado con el proyecto de vida que promueve el neoliberalismo. Dice Francisco: “sólo me interesa procurar que aquellos que están esclavizados por una mentalidad individualista, indiferente y egoísta, puedan librarse de esas cadenas indignas y alcancen un estilo de vida y de pensamiento más humano, más noble, más fecundo, que dignifique su paso por la tierra”. Como podemos ver, el individualismo y el cristianismo no caminan por la misma vereda.

El bien común y la paz social

Concluiremos estas reflexiones pensando sobre un tema planteado como “el bien común y la paz social”. ¿Cuántas veces escuchamos decir que nuestro país vive un enfrentamiento? ¿Cuántas tesis sobre la violencia hemos escuchado ya en medios de comunicación masivos? ¿Cuántos políticos dicen que los problemas se resuelven con calma y sin confrontaciones? Veamos que dice Francisco: “La paz social no puede entenderse como un irenismo (léase pacifismo extremo) o como una mera ausencia de violencia lograda por la imposición de un sector sobre los otros. También sería una falsa paz aquella que sirva como excusa para justificar una organización social que silencie o tranquilice a los más pobres, de manera que aquellos que gozan de los mayores beneficios puedan sostener su estilo de vida sin sobresaltos mientras los demás sobreviven como pueden. Las reivindicaciones sociales, que tienen que ver con la distribución del ingreso, la inclusión social de los pobres y los derechos humanos, no pueden ser sofocadas con el pretexto de construir un consenso de escritorio o una efímera paz para una minoría feliz”. Aquí Francisco vuelve a coincidir con Pablo VI en que la paz tampoco se reduce a una ausencia de guerra, fruto del equilibrio siempre precario de las fuerzas. Esta idea ya la encontramos en el propio Jesús: “No penséis que he venido para traer paz a la tierra; no he venido para traer paz, sino espada” (Mateo 10:34).

¿Cómo se construye la paz social entonces? Propone Francisco: “en cada nación, los habitantes desarrollan la dimensión social de sus vidas configurándose como ciudadanos responsables en el seno de un pueblo, no como masa arrastrada por las fuerzas dominantes. Recordemos que el ser ciudadano fiel es una virtud y la participación en la vida política es una obligación moral. Pero convertirse en pueblo es todavía más, y requiere un proceso constante en el cual cada nueva generación se ve involucrada”. Este último aporte es sustancial y es un llamado real y concreto a que la humanidad construya un rumbo nuevo basado en el amor y la solidaridad; en la construcción de procesos colectivos; en un mensaje humanista y, naturalmente, cristiano.

El objetivo de Francisco apunta a modificar las relaciones de fuerzas existentes en dos frentes, por un lado el interno, para terminar de comprometer a la Iglesia Católica en su totalidad y a sus fieles en la verdadera tarea de interpretar el verbo de Cristo. Y por otro lado el externo, para desarticular el entramado del poder mediático/financiero mundial desde lo discursivo-simbólico y generar las condiciones sociales que permitan avanzar hacia el entierro definitivo del neo-liberalismo en el planeta.

 

francisco

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MatiasFernandez

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